Fui a casa de mis padres a hacerles una visita y me encontré con que estaban haciendo reformas. En la entrada, un albañil colocaba una agarradera en la pared junto a la puerta mientras le gritaba a mi padre: ¨¡No vaya a usarla hasta pasados unos días si no quiere que se rompa!¨
Conociendo a mi padre, no creo que le haga mucho caso.
Cuando los operarios terminaron su faena, recogieron y se fueron de casa. El aparcamiento estaba completamente desértico, algo habitual del año. Mientras uno de ellos se dirigía al camión de gran tonelaje en el que se desplazaban, el vehículo perdió el freno y comenzó a rodar hacia él. Aunque no había demasiada pendiente, el hombre poco pudo hacer. Cargado hasta las cejas y con poco tiempo a reaccionar, el camión lo aplastó ante la mirada atónita de sus compañeros.
De inmediato, los otros albañiles dejaron sus cosas y corrieron hacia la cabina del camión para intentar detenerlo, comprobar si su compañero aún estaba vivo y evitar una tragedia mayor… No tuvieron tanta suerte, el vehículo seguía avanzando sin control. Acabaron estrellándose contra un edificio. La carga del camión, altamente inflamable, explotó por los aires.
Me pregunto por qué se desplazaban con semejante armatoste. Quizás estaban pluriempleados y alternaban alguna que otra faena con el transporte de mercancías. Pero bueno, resolver ese misterio lo dejamos para otro sueño.
